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El nacimiento de Emma

Creo que nunca he contado por aquí uno de los momentos más importantes de mi vida. 
Os advierto de que es un relato de parto casi con pelos y señales, por desgracia, un caso más bastante fuerte de violencia obstétrica.

En un momento se me junto el día que vi nacer a mi primera hija, y el mismo instante en que estuve a punto de perderla.

Emma nació en la dulce hora de la siesta, con muchas ganas de vivir, y una fuerza como pocos, un veintitrés de septiembre del año dos mil trece.

Era una bebé bien grande, de casi cuatro kilos de peso y cincuenta y seis centímetros; sana, muy sana.

Pero los sanitarios que nos atendieron no le pusieron las cosas fáciles.

Justamente ese día nos tocaba monitores por la mañana a las once, y nos dieron las doce esperando nuestro turno, cosa muy normal y cotidiana.

Así que ahí estaba estábamos las dos tan tranquilas esperando, aunque no me hizo gracia que me habían obligado a comerme dos paquetes de galletas, de esas asquerosas integrales, porque decían que la niña no se movía y de propina me habían golpeado la tripa (y yo les aseguraba que por las mañanas solía estar muy tranquila).

A pesar de ello me sentía segura de que todo iba bien, muy cómoda y sin miedo, pero ya se encargaron de asustarme y destrozarme la vida más tarde.

Cuando llego el turno de que me vieran, la ginecóloga pego un grito y me dijo que estaba de parto, que si no me había enterado. Y cuanto lamento no haberme levantado y haberme ido a mi casa, porque parir dentro de un coche habría sido más humano y seguro que parir allí, en el Virgen de la Salud de Toledo.

Nunca llegué a imaginar que unas personas que se supone estudian y trabajan para cuidar y curar a otras, pudieran hacerte tanto daño.

Achacando a que el parto iba muy rápido, no me permitían moverme de la cama y las contracciones se convirtieron cada vez en más fuertes y frecuentes; vomite las asquerosas galletas y sólo me dejaron mojarme los labios, nada de beber. Cuando llego el momento fuerte de las contracciones, en que Emma podría haber nacido perfectamente, me dijeron que no me dejaban empujar, la niña quería salir ya, pero ellas me decían que aguantase las contracciones porque no tenían ningún paritorio libre (y además les tocaba cambio de turno).

Y yo como oveja desinformada y confiada que va al matadero, las hice caso a ellas y no a mi hija, y contuve los esfuerzos de mi cuerpo.

Y entonces empeoró aún más la situación:

Mi madre allí presente estaba reviviendo su parto una y otra vez, en un bucle de ansiedad, hasta que la di una voz desagradable y se fue llorando; David (el papa) estaba petrificado sin saber que hacer o decir, viendo todo pasar pues:

Me llevaron a paritorio y yo ya no aguantaba más, todo iba muy rápido, todo el mundo me exigía pero nadie me estaba escuchando, y me quedaba sin fuerzas para hacerme respetar.

Al ponerme en la asquerosa camilla que tienen, para ver ellas mejor, decidieron que le cortarían el cordón umbilical a una Emma que se estaba tomando un descanso pues había pasado mucho rato intentando salir sin éxito, estaba en el canal de parto, sin sacar la cabeza, y yo había estado reteniéndola por orden de ellas.

Ósea que cortaron y la dejaron sin oxigeno además de sin su preciosa sangre, todo esto alegando que tenía muchas vueltas de cordón y que por eso no salía. Pero es que además las muy brutas me cortaron los labios menores con las tijeras; y encima, yo no llevaba epidural ni nada, porque ni la quería ni la necesitaba, claro que no imagine que me iban a mutilar mis partes, entonces si que la habría pedido de antemano.

Menudo grito di, no os podéis hacer a la idea de lo que duele, que te corten ahí con unas tijeras; y no contentas, me hicieron una episiotomía sin mi consentimiento; a pesar de que en mis informes médicos marcaban claramente que una enfermedad ya asolaba bastante mis genitales como para tal colaboración por su parte (padezco liquen escleroatrófico).

Finalmente conseguí empujar para que Emma saliese, y me la colocaron encima, pero me dio poco tiempo a disfrutarla, porque no respiraba…

Y se la llevaron corriendo para darla con el ambú (un balón que te ayuda a respirar) y que la niña volviera en si, y yo sólo podía gritar a David que no la perdiera de vista, horrorizada como estaba de que nadie me defendiera, y además pensando que esto no podía ir a peor pero…

vaya que si que fue…

Fue la media hora más dura que he pasado en toda mi vida. Mi parto duró dos horas y media en total, y lo convirtieron en un infierno.

Ellas ni se acordaban de que no tenía ningún tipo de anestesia, y sin piedad pusieron a la nueva a coserme, la cual no atinaba a dar las puntadas y me tuvo que descoser para volver a empezar.

En esos instantes lloraba y gritaba de dolor, una pierna se me salió del estribo de la asquerosa camilla, y ninguna fue capaz de recolocármela. Las muy desaprensivas me gritaban que como me podía estar portando tan mal después del parto tan bueno que había tenido.

Hasta que alguna iluminada, que no alcance a ver pues de puro dolor no podía ni mirar, le comento a la otra a gritos que yo no tenía nada de anestesia, y entonces quitaron a la novata y me cosieron bien de una.

David era incapaz de contarme los puntos que tenía, y yo, era incapaz de mear o rozarme sin creer que me moría de dolor.

De propina me apretaron la tripa para que saliera la placenta, en vez de esperar, y la ginecóloga metió la mano para tirar de ella y sacarla (gracias pedazo de …, por el prolapso que me regalaste con tú obra y gracia)… La tripa se me quedo como un balón desinflado, dolorida y cuarteada.

Y en medio de todo ese dolor, por fin la escuche llorar, al menos estaba viva.

De esto hace siete años, y aún lloro cuándo lo recuerdo, al principio no podía ni hablarlo, he tardado muchos meses incluso en recordar todo con claridad y darme cuenta de todo el daño que me hicieron. Y fue algo más de dos años después de ese día, y una depresión post parto durísima (a la cuál mi médico de cabecera le resto importancia) cuando pude al fin contarlo.

Fue gracias a El Parto es Nuestro, y a Mayte, una matrona encantadora que me invitó a él, que pude al fin llorar a gusto y contar todo el dolor que he sufrido.

Este artículo se lo debía a ellas, pero me ha costado otro montón de años más tener fuerza para revivir el dolor y escribirlo.

Aunque de forma hablada desde entonces, siempre que he podido, he tratado de no ocultarlo, y de ayudar a otras mujeres a no pasar por ese hospital o al menos hacerlo informadas de que pueden sufrir tal carnicería.

Pues gracias al porteo me consta que no soy la única mujer a la que han dañado el día más importante de su vida.

Y con esto no quiero decir que todos los sanitarios que atienden partos allí sean malas personas además de malos sanitarios, porque también me consta que hay verdaderos profesionales. Pero oye, que mala suerte tuve que no di con ellos.

Para todos esos buenos profesionales, os mando un fuerte abrazo, porque debe ser horrible trabajar codo con codo con maltratadores obstétricos todos los días.

Y para nosotras, nos quedo lamernos las heridas y el disfrutar/luchar por amarnos, después de un comienzo horrible.

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