No os hacéis idea (o igual por desgracia si) de lo que me ha costado volcar estas palabras en el blog, pero cuanto me alegro de hacerlo, porque necesito sacarlo, hasta que ya no duela.

Hablarlo en vez de silenciarlo.

Cuando tú cuerpo da un cambio de 180 grados, cuándo te dañan y te rompen en un momento precioso de la vida, entonces aparece…

La ignorada depresión postparto.

Os voy hablar de mi experiencia personal con ella.

Me mire el cuerpo sin reconocerlo, tumbada en la habitación del hospital, después de todo el daño que me hicieron en el parto (de forma gratuita e innecesaria). Al mirarme la tripa me di hasta asco, una tripa a la que no habían dejado trabajar a su ritmo, apretándola y empujando hacia abajo sin piedad.

Sentía que tenía un balón pinchado, desinflado, dolorido en vez de un abdomen. Igual que pase el parto sin necesidad de ningún medicamento, en la habitación los pedí varias veces porque no podía aguantar todo el dolor que me habían provocado.

Regresamos a casa (de mis suegros, cosa que hoy día lo veo un error, no por ellos sino porque necesitábamos nuestro espacio y sobre todo ritmos) y no me entendía bien con Emma, no encontraba ni la calma que tanto necesitaba para mí.

Mi cuerpo había cambiado de forma brutal, eso podía aceptarlo, pero me habían provocado tanto dolor y me sentía tan invisible a los ojos de los demás, que me sentía vivir en modo automático. Apenas podía caminar bien, por los cortes, los puntos y un tirón de pierna que me provocaron, y por el cuál llegue a pensar que tenía una hernia.

En la familia echaban por tierra mis sentimientos, diciéndome cosas en plan: ¿Qué esperabas de la maternidad? Esto es que es así. O, eres muy exagerada, ¡pues un parto!

Pero nadie se molesto en preguntarme como me sentía, en verme, ni dio importancia al maltrato al que me había sido sometida. Y así es como se ahorraron una denuncia, y yo me orinaba encima cada vez de estornudaba, con solo veintitrés años.

Los meses fueron pasando, y por mi cabeza pasaban todo tipo de sentimientos.

Desde los más horribles que puedas imaginar, a los más bellos. 

Y entonces, con tan solo seis meses de vida de Emma, se murió mi abuela materna, la que me había criado como si fuera mi madre.

Llore, y rabie, mucho pero mucho, llore por todo lo que había pasado con y sin ella, por lo que no.

Por lo que se había quedado en el tintero, por el recuerdo de sus brazos.

Llore por la soledad que sentía cuando me miraba al espejo, por lo que me odiaba por las cosas malas que había llegado a pensar.

Y me sentí con fuerzas para dejarlo todo encerrado en un cajón de mi mente, decidí que si nadie me iba ayudar ni a reconocer conmigo mi dolor, pues que no iba a esperar por más tiempo esa empatía o herramienta que no tenía (ya que todo el mundo me decía que le doy muchas vueltas a las cosas y que no era para tanto), asi que me decidí, iba a salir del agujero yo sola.

Por mis ovarios, y mi hija que lo conseguí.

Aunque tenía tanto miedo de recordar el parto, que sobre un año después, en una reunión de El Parto es Nuestro, cuando me preguntaron como había sido mi parto, me di cuenta de que había sufrido tanto, que hasta había olvidado detalles del maltrato que sufrí ese día.

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